Valdor
Valdor nació en Sharn (Eberron) en 978 AR y creció en los niveles bajos de la ciudad, donde la infancia tendía a ser breve y la propiedad privada dependía bastante de quién corriera más rápido.
Conserva pocos recuerdos de sus padres. Recuerda una habitación pequeña, una ventana desde la que apenas se veía el cielo y dos adultos que dejaron de estar allí antes de que pudiera comprender por qué. Nunca supo si murieron, huyeron o simplemente no pudieron seguir cuidándolo. Durante un tiempo trató de encontrar una explicación. Después comprendió que ninguna respuesta iba a darle comida ni un lugar donde dormir.
A los siete años ya sobrevivía por su cuenta. Dormía en almacenes abandonados, huecos de mantenimiento y rellanos que nadie utilizaba. Aprendió qué comerciantes tiraban comida al cerrar, qué miembros de la Guardia aceptaban sobornos y qué pasarelas convenía evitar cuando el viento era fuerte. También entendió pronto la organización básica de Sharn: la gente importante vivía arriba y los problemas terminaban cayendo sobre quienes estaban debajo. La ciudad era bastante directa en ese sentido.
Fue durante uno de sus primeros robos cuando conoció a Jory Rook.
Los dos intentaron llevarse el mismo pan y ambos arruinaron el plan. Terminaron escondidos bajo un carro de desperdicios, compartiendo lo poco que habían conseguido y culpándose mutuamente del fracaso. La discusión no resolvió nada, pero desde entonces permanecieron juntos.
Joryera más delgado, hablaba deprisa y tenía una facilidad natural para mentir. Recordaba nombres, improvisaba excusas y sabía cuándo alguien quería escuchar una amenaza o un cumplido. Valdor era mejor trepando, saltando y recibiendo golpes. La distribución de responsabilidades surgió sola: Jory hablaba y Valdor se ocupaba de lo que ocurría cuando hablar dejaba de funcionar.
No eran hermanos de sangre, pero nunca necesitaron una definición más precisa. Compartían comida, refugios, trabajos y problemas. Cuando uno enfermaba, el otro buscaba medicinas. Cuando alguno recibía una paliza, el otro procuraba recordar la cara del responsable. Cuando tenían miedo, bromeaban hasta que podían fingir que no lo tenían.
Conforme crecieron, dejaron de limitarse a robar comida. Empezaron a transportar paquetes, vigilar puertas y guiar a personas por rutas que evitaban a la Guardia. La mayoría de los encargos llegaba a través de intermediarios, aunque muchos acababan relacionados de una forma u otra con el Clan Boromar.
Valdor y Jory no pertenecían al clan. Eran dos muchachos útiles a los que se podía contratar sin explicar demasiado y abandonar si algo salía mal. Jory sostenía que no trabajaban para los Boromar, sino para gente que trabajaba para gente que temía a los Boromar. Valdor no encontraba la diferencia especialmente tranquilizadora. Cuando Valdor tenía dieciséis años, un intermediario llamado Dellis Marr les ofreció un trabajo.
Dellis vestía demasiado bien para el barrio, olía siempre a clavo dulce y hablaba como si los demás ya hubieran aceptado sus condiciones. Les explicó que debían entrar en un almacén y recuperar un libro contable y varios sobres sellados. Según él, los documentos pertenecían a un comerciante que trataba de evitar el pago de una deuda.
El trabajo parecía sencillo. La paga no. Jory detectó que algo no encajaba cuando descubrió que la caja de seguridad tenía una cerradura de la Casa Kundarak. Dellis respondió aumentando la recompensa. Aquello no aclaró la situación, pero bastó para que ambos aceptaran.
Entraron de noche a través de una conducción de mantenimiento. Jory abrió la caja mientras Valdor vigilaba el pasillo. Dentro encontraron los documentos y una pequeña bolsa con monedas y piedras preciosas. La bolsa no formaba parte del encargo, aunque Jory consideró que eso no era motivo suficiente para dejarla allí.
La alarma se activó antes de que pudieran salir. El almacén estaba protegido por más hombres de los esperados, incluidos varios que llevaban partes del uniforme de la Guardia de Sharn bajo los abrigos. Valdor comprendió entonces que Dellis les había mentido, una revelación poco sorprendente y bastante mal sincronizada.
Escaparon por las pasarelas de mantenimiento hasta alcanzar un viejo montacargas. Allí les cortaron el paso.
Había una pasarela al otro lado de un hueco. Valdor podía alcanzarla de un salto. Jory probablemente no. Jory le lanzó el libro y le indicó que cruzara y buscara ayuda. Valdor se negó al principio, pero los perseguidores se acercaban y no había tiempo para discutir. Valdor saltó.
Cuando se volvió, dos hombres ya habían alcanzado a Jory. Durante el forcejeo, la plataforma del montacargas se soltó y cayó hacia los niveles inferiores con los tres encima. Valdor oyó el impacto, pero no pudo ver el fondo. También oyó aproximarse a más guardias. Huyó.
Durante las horas siguientes se repitió que regresaría. Primero ocultaría el libro. Después encontraría ayuda. Después volvería al almacén y bajaría hasta el montacargas.
En uno de sus refugios encontró a un contacto golpeado. En otro descubrió que alguien había registrado todas sus pertenencias. Los Boromar estaban preguntando por él y por los documentos robados. Valdor entregó el libro a Mara Venn, una contrabandista que había ayudado a Jory y a él en otras ocasiones. Cuando volvió a buscarla, Mara había desaparecido. Antes del amanecer abandonó Sharn escondido en un carro de suministros. Pensaba ausentarse unos días. Tardó seis años en volver.
Fuera de Sharn descubrió que sus habilidades no resultaban tan universales como había supuesto. En la ciudad podía orientarse siguiendo las torres, encontrar comida y desaparecer entre una multitud. En campo abierto, todos los árboles parecían iguales y había una preocupante falta de tejados por los que escapar.
Pasó varias semanas viajando con caravanas, trabajando en establos y robando cuando no encontraba otra opción. La Última Guerra seguía activa y el Día del Luto había llenado Breland de refugiados. Era fácil desaparecer entre tanta gente que había perdido su hogar.
En una carretera secundaria trató de asaltar a un viajero solitario. El hombre lo derribó sin hacerle daño. Valdor volvió a intentarlo y fue derribado otra vez. Tras varios intentos, empezó a considerar la posibilidad de haber elegido mal a su víctima. El viajero se llamaba Silas Grey-Walker.
Silas era un hombre delgado, de cabello gris, ropa sencilla y pocas pertenencias. No llevaba armas ni mostraba símbolos de una orden. Después de detener a Valdor, le ofreció comida y señaló que atacaba con demasiada tensión en los hombros.
Valdor lo acompañó hasta el siguiente pueblo y después hasta el siguiente. Ninguno habló de cuánto tiempo pensaban continuar juntos.
Silas admitió que era monje, pero evitaba cualquier pregunta sobre su formación. Cuando Valdor trataba de averiguar dónde había aprendido a luchar, Silas hablaba de maestros muertos o encontraba algún defecto urgente en su postura. Con el tiempo, Valdor entendió que insistir solo conseguía más ejercicios.
El entrenamiento tuvo lugar en caminos, bosques, patios de posadas y graneros abandonados. Silas le enseñó a caer, mantener el equilibrio, controlar la respiración y utilizar el movimiento de un adversario en su contra. También le enseñó a detener una pelea sin matar, algo que solía requerir más habilidad que lo contrario. La lección más difícil fue aprender a pensar antes de actuar.
Hasta entonces, Valdor había resuelto los problemas mediante tres métodos: golpear, correr o mentir. Silas no trató de eliminar su instinto de huida. Le enseñó que escapar podía ser una decisión razonable, pero también una costumbre. Valdor comprendió la diferencia y no la encontró especialmente cómoda. Además de las técnicas de combate, Silas le hizo memorizar ejercicios extraños: una secuencia de treinta y tres movimientos, nueve posiciones de manos, una pauta de respiración con siete pausas y un verso en una lengua desconocida. Valdor asumió que aquello formaba parte de la formación monástica. También llegó a sospechar que los monjes utilizaban la filosofía principalmente para evitar responder preguntas.
Viajaron juntos durante unos cinco años. En ese tiempo ayudaron a refugiados, escoltaron caravanas y recorrieron Breland durante el final de la guerra y los primeros años de la posguerra. Silas evitaba permanecer demasiado tiempo en un mismo lugar. A veces cambiaba de ruta sin explicación. En otras ocasiones desaparecía durante varios días y regresaba con las manos heridas o la ropa cubierta de polvo.
Valdor también presenció cosas que su maestro nunca explicó. En dos ocasiones fueron atacados por muertos vivientes que luchaban con disciplina y utilizaban técnicas parecidas a las de Silas. Uno de ellos se refirió a su maestro como un custodio y lo acusó de haber robado algo. Silas destruyó a la criatura y después fingió que la situación no requería aclaraciones. Valdor señaló que el muerto parecía conocerlo bastante mejor de lo que Silas admitía, pero no consiguió una respuesta útil.
Pese a sus secretos, Silas se convirtió en la figura más cercana a un padre que Valdor había tenido. Ninguno de los dos lo expresó de ese modo. Ambos preferían discutir sobre la cena o corregir la postura, métodos de afecto menos incómodos.
Valdor tardó años en contarle toda la verdad sobre Jory. Había hablado de Sharn y había mencionado a su amigo, pero siempre evitaba explicar el trabajo del almacén y su propia huida. Una noche terminó relatándolo todo. Reconoció que había prometido regresar y que nunca lo hizo. T ambién insistió en que, con dieciséis años, no habría podido salvarlo.
Silas le preguntó si realmente lo creía o si necesitaba creerlo. Valdor no encontró una respuesta satisfactoria. Había sido un muchacho asustado y huir probablemente le había salvado la vida. Eso no cambiaba el hecho de que Jory había quedado atrás. Durante años había utilizado el peligro de regresar como motivo para no hacerlo. Con el tiempo, aquella explicación empezó a parecerse demasiado a una excusa y decidió volver a Sharn.
Silas no intentó detenerlo. Consideraba que Valdor ya no podía seguir utilizando el viaje como una forma de evitar elegir un destino. Antes de separarse, le entregó una pieza estrecha de madera negra, pulida y atravesada por una línea gris. La describió únicamente como un recordatorio de que las puertas tenían dos lados. Valdor no consiguió una explicación más clara. Para entonces ya estaba acostumbrado. Regresó a Sharn con veintidós años.
La ciudad le pareció más pequeña de lo que recordaba, hasta que miró hacia arriba. Los Boromar seguían controlando negocios, contactos y una parte respetable de la actividadcriminal. Algunos de sus antiguos refugios habían desaparecido. Otros continuaban exactamente igual, lo cual le resultó bastante peor.
Sin embargo, no tuvo tiempo de buscar a Jory. Apenas había regresado cuando los acontecimientos que lo llevaron a unirse a un grupo por su propia seguridad volvieron a sacarlo de la ciudad. Todavía no ha preguntado a sus antiguos contactos, no ha investigado el almacén y no sabe si Jory murió en la caída, fue capturado o consiguió escapar.
Durante seis años ha imaginado posibles respuestas. Ahora que ha estado cerca de empezar a buscarlas, ha descubierto que afrontar la verdad resulta más difícil que recorrer el camino de vuelta.
Valdor no sabe cuándo podrá regresar a Sharn con tiempo suficiente para buscar a Jory, pero ya no considera la búsqueda algo que pueda aplazar indefinidamente. Silas le enseñó muchas formas de controlar el miedo. No le enseñó ninguna que permitiera ignorarlo para siempre.
Personalidad
Valdor utiliza la ironía cuando está incómodo, enfadado o preocupado. Por tanto, la utiliza con bastante frecuencia.
No habla demasiado de su infancia. Cuando alguien pregunta por Sharn, suele mencionar rutas ocultas, establecimientos que no hacen preguntas o formas de entrar en un edificio sin usar la puerta principal. Evita explicar dónde dormía o por qué conoce tantos lugares donde esconderse.
Al llegar a una habitación, localiza primero las salidas. Después observa las manos de quienes están dentro. Solo entonces presta atención a lo que dicen.
Guarda comida aunque no la necesite y le cuesta aceptar favores porque presupone que terminarán convirtiéndose en deudas. Desconfía de la autoridad, de las personas excesivamente amables y de cualquiera que describa un trabajo como sencillo.
No le gusta matar. Silas le enseñó que golpear a alguien era fácil; saber cuándo detenerse exigía más control.
Valdor no se considera especialmente compasivo. Simplemente tiende a ayudar a niños abandonados, fugitivos y personas que se comportan con arrogancia porque tienen miedo.
Prefiere no examinar demasiado esa contradicción. Necesita averiguar qué le ocurrió a Jory, aunque aún no haya tenido la oportunidad de comenzar a buscarlo.
Cuando alguien queda atrás, Valdor deja de medir los riesgos. Puede pasar de prudente a temerario si cree que está repitiendo el error de aquella noche.