Eve Waylight
Eve Wayligh es una PJ clériga Aasimar de la campaña de Eberron. Estas son sus memorias hasta el inicio de la campaña.
Me llamo Eve Waylight. Waylight no es el apellido de una familia, sino el nombre que me dio Alessa Veyran, la responsable del pequeño templo de la Llama de Plata de Danthaven.
Según me contó muchos años después, me encontró cuando yo tenía unos tres años, junto al camino que venía desde Aundair y continuaba hacia Flamekeep. Aquella noche vio desde el pueblo una explosión de luz blanca, dorada y plateada. No parecía un incendio ni ninguna magia que reconociera, así que salió sola para averiguar qué había ocurrido.
Cuando llegó, encontró la tierra blanqueada, varias piedras parcialmente fundidas y la vegetación inclinada hacia fuera. La arena y la roca se habían convertido en una superficie de vidrio irregular, con fragmentos de metal atrapados dentro como vetas oscuras. Yo estaba en medio de todo aquello.
A mi lado había un hombre muerto.
Se llamaba Halven Durest, aunque yo no conocí su nombre hasta mucho tiempo después. Vestía restos de equipo militar de Thrane junto con insignias religiosas. Su cuerpo estaba abrasado, pero había quedado lo bastante apartado del centro de la explosión como para no desaparecer por completo.
Los hombres que nos perseguían no habían tenido la misma suerte. Alessa encontró ceniza blanca, sombras impresas en el suelo y fragmentos de equipo fundidos con la superficie vitrificada. No quedaban cuerpos reconocibles ni una forma fiable de saber cuántos habían sido. Era evidente que Halven y yo no habíamos llegado solos hasta allí.
Entre sus pertenencias, Alessa encontró documentos quemados, planos incompletos, anotaciones en dracónico y dos piezas de un artefacto que no supo identificar. Una era grande, pesada y estaba recorrida por grietas que emitían una luz débil. La otra cabía en una mano: un mecanismo de anillos metálicos, pequeños cristales y conductos finos encajados entre sí.
Alessa recogió las piezas, guardó los documentos y me llevó al templo. No informó a Flamekeep.
No tomó esa decisión por una desconfianza general hacia la Iglesia. Alessa creía en la Llama de Plata y nunca dejó de hacerlo. Pero años antes había visto pasar por Danthaven a varios grupos procedentes de Aundair relacionados con la Llama Pura. Viajaban como peregrinos, sacerdotes o escoltas eclesiásticas, pero transportaban cajas selladas, mostraban órdenes poco claras y se negaban a que sus heridos fueran atendidos en el templo. En una ocasión había visto en sus pertenencias símbolos parecidos a los que encontró junto a Halven.
Alessa pensó que comunicar el hallazgo por los cauces habituales podía hacer que la noticia llegara antes a quienes me perseguían que a alguien dispuesto a protegerme.
Así fue como pasé a llamarme Eve Waylight, una huérfana encontrada junto al camino.
El templo de Danthaven era pequeño y tenía poca importancia para la jerarquía de Flamekeep. Se ocupaba de la gente del pueblo, atendía a viajeros y resolvía problemas que desde la capital podían parecer menores, pero que para quienes vivían allí eran bastante reales. Crecí como una aprendiz más, sin saber nada de Halven, de las piezas o de la explosión.
Alessa se dio cuenta pronto de que yo no era una niña corriente. Cuando tenía miedo aparecía un halo tenue alrededor de mi cabeza, mis ojos reflejaban destellos plateados y, en ocasiones, las heridas pequeñas se cerraban cuando tocaba a alguien. Yo no sabía provocarlo ni detenerlo. Muchas veces ni siquiera me daba cuenta de que había ocurrido.
Alessa llegó a la conclusión de que era Aasimar y decidió ocultarlo. No temía a la Llama, sino a las personas que podían verme como una señal divina, una herramienta política o una propiedad de la Iglesia. En mis registros solo figuraba como una huérfana con una vocación clerical temprana. Mis manifestaciones celestiales nunca fueron comunicadas a Flamekeep y Alessa alteró algunos detalles sobre mi edad y el lugar exacto donde me había encontrado.
En el templo conocí a Erian y Maelis. No eran mis padres, pero terminaron siendo mi familia. Maelis me enseñó a leer, a ordenar los archivos y a escuchar a los enfermos incluso cuando no podía hacer nada para curarlos. Erian me enseñó a defenderme, a reaccionar cuando las cosas salían mal y a no confundir la bondad con quedarse inmóvil. Con el tiempo se casaron.
Los cuatro — Alessa, Maelis, Erian y yo— formábamos el único hogar que había conocido.
De mi vida anterior a Danthaven apenas conservaba recuerdos. Veía una habitación demasiado blanca, una estructura metálica cargada de luz, unas manos sujetándome y a Halven corriendo conmigo entre los brazos. También recordaba una presencia.
Era una gran serpiente emplumada de cuerpo blanco marfileño, plumas doradas y reflejos plateados. Su nombre era Shaelas, aunque nadie me lo había enseñado.
Durante años no supe quién era. Solo sabía que antes de la explosión lo había sentido con claridad. Yo era demasiado pequeña para comprender palabras o explicaciones, pero reconocía cuándo intentaba calmarme, advertirme o protegerme. Después de aquella noche, la conexión quedó casi rota.
Shaelas aparecía en sueños desordenados. A veces veía sus plumas desaparecer dentro de una luz demasiado intensa. Otras despertaba recordando un símbolo, una palabra o una sensación que no sabía interpretar. Podían pasar meses sin que percibiera nada y, de repente, recibía demasiadas imágenes a la vez. Nunca estaba segura de si eran recuerdos, advertencias o algo que mi mente había reconstruido a partir de ambas cosas.
Alessa empezó a enseñarme dracónico porque muchas de las palabras que pronunciaba dormida pertenecían a esa lengua. También aparecía en los documentos encontrados junto a Halven y en los diagramas del artefacto. Al principio lo estudié para entender mis sueños. Después continué porque descubrí su relación con antiguos textos sobre los Couatl, la Llama de Plata y las tradiciones celestiales.
Mucho después supe que Shaelas era un Couatl. La mayor parte de los Couatl sacrificaron su existencia individual para formar la Llama de Plata, pero no todos lo hicieron. Algunos permanecieron separados para cumplir misiones concretas, custodiar amenazas o guiar a quienes podían necesitar su ayuda. Shaelas fue uno de ellos.
Nunca he podido confirmar por qué quedó vinculado a mí. Tal vez me eligió por mi naturaleza Aasimar. Tal vez ya me protegía antes de que la Llama Pura me encontrara. También es posible que su misión estuviera relacionada con aquello que estaban construyendo. Lo único que sé con seguridad es que estaba conmigo antes de la explosión y que intervino para salvarme.
Durante mi infancia, sin embargo, yo no sabía nada de esto. Para mí, Shaelas era una presencia que aparecía cuando quería, hablaba mediante imágenes incomprensibles y desaparecía justo cuando empezaba a creer que podía entenderlo.
La vida en Danthaven continuó así durante años. Me formé como clériga, ayudé en el templo y aprendí a utilizar mis dones con algo más de control. Creía que mi pasado era un misterio pequeño y personal, no algo que pudiera regresar para destruir el único hogar que había conocido.
Entonces llegó el ataque.
Para mí fue repentino y no tenía ningún sentido. Varias zonas de Danthaven fueron atacadas a la vez. Hubo incendios, gritos y heridos en distintos puntos del pueblo, como si los asaltantes quisieran dividir a quienes podían defenderlo y mantener ocupados a quienes podíamos atender a los heridos. Yo no sabía quiénes eran ni qué buscaban.
Maelis sí comprendió que no era un saqueo normal. Por entonces llevaba algún tiempo revisando documentos antiguos del templo. Había encontrado páginas que no encajaban con los registros oficiales, planos incompletos, anotaciones en dracónico y el nombre de Halven Durest.
Alessa me contó después que Maelis le había enseñado esos documentos. Alessa le confirmó parte de la historia: que me había encontrado junto al cadáver de Halven, que él parecía dirigirse hacia Flamekeep y que había indicios de que huía de una célula de la Llama Pura. También le habló de las dos piezas que conservaba bajo el templo.
Después le pidió que mantuviera el secreto.
Maelis aceptó, aunque siguió prestando atención. Empezó a notar solicitudes extrañas de archivos, páginas que desaparecían y viajeros que preguntaban demasiado por un incidente ocurrido muchos años atrás. La noche del ataque comprendió que los asaltantes se dirigían hacia los archivos y las dependencias antiguas del templo.
Corrió al lugar donde Alessa guardaba las piezas.
La mayor era demasiado pesada para moverla con rapidez. Solo pudo llevarse la pequeña. La escondió dentro de su propio relicario, entre placas de plata, oraciones enrolladas y pequeñas reliquias. No tuvo tiempo de contárselo a nadie.
En mitad del caos encontré primero a Erian. Estaba gravemente herido, casi inconsciente. Me quedé con él y utilicé toda la magia que tenía para mantenerlo con vida.
Mientras intentaba estabilizarlo, repetía algo parecido a:
—Sálvales.
No lo entendí. Pensé que deliraba. Pensé que habría tiempo para averiguar a quién se refería cuando dejara de desangrarse delante de mí.
No lo hubo.
Cuando pude moverme y encontré a Maelis, ya había muerto.
Días después supe que estaba embarazada. Nadie más lo sabía. Ni siquiera yo.
Erian sobrevivió, pero nunca aceptó la decisión que tomé. Para él, yo me quedé con él, ignoré su súplica y llegué demasiado tarde para salvar a Maelis y a su hijo. Yo sé por qué me quedé. Sé lo que vi cuando lo encontré y sé que podía morir si lo abandonaba. Eso no cambia lo que ocurrió después.
Tras el ataque, la Iglesia envió investigadores a Danthaven. Oficialmente debían averiguar qué había sucedido. En la práctica, la investigación avanzó con demasiada rapidez hacia una conclusión demasiado conveniente. Se retiraron documentos, se descartaron testimonios y el ataque terminó atribuyéndose a saqueadores y a restos peligrosos de la guerra.
Alessa consiguió mantenerme apartada. Mis registros solo hablaban de una huérfana del pueblo, mi edad exacta no estaba clara y mi naturaleza Aasimar nunca había sido comunicada. Mis curaciones podían explicarse por mi formación clerical y mi vínculo debilitado con Shaelas hacía que mi presencia celestial fuera menos evidente que durante mis primeros años.
Por entonces yo todavía no sabía que algunos de los investigadores estaban vinculados a la Llama Pura. Tampoco sabía que los atacantes habían encontrado el escondite de Alessa y se habían llevado la pieza grande. Solo veía cómo la Iglesia cerraba el caso mientras Erian exigía respuestas que nadie parecía dispuesto a darle.
Terminó marchándose de Danthaven. No se despidió de mí y no quiso escuchar las explicaciones que yo no tenía. Se llevó el relicario de Maelis como recuerdo, sin saber lo que había oculto en su interior.
Erian se marchó convencido de que Alessa y yo conocíamos la verdad desde el principio, que fuimos cómplices.
La realidad es que yo seguía sin saber nada.
Solo después de su partida, Alessa me contó lo ocurrido la noche en que me encontró. Me habló de Halven, de los documentos, de los grupos de la Llama Pura que había visto cruzar Danthaven y de las dos piezas que había ocultado durante años. También me explicó que los atacantes se habían llevado las dos piezas o que habían desaparecido.
Ni ella ni yo sabíamos que Maelis la había escondido dentro del relicario. Comprendí que Maelis había muerto intentando proteger algo relacionado conmigo que yo ni siquiera sabía que existía.
Alessa también me contó lo que había podido reconstruir a partir de los documentos de Halven. No era toda la historia. Había páginas quemadas, secciones arrancadas y nombres eliminados. Parte de lo que sé procede de sus notas; otra parte, de mis recuerdos y de las visiones de Shaelas. Hay detalles que todavía no puedo confirmar.
El proyecto se llamaba Proyecto Argén y había estado bajo el control de una célula clandestina de la Llama Pura durante la Última Guerra. Operaban desde Aundair o desde una instalación próxima a la frontera, aprovechando las rutas hacia Flamekeep y el movimiento constante de tropas, suministros y personal religioso.
Su creación era el Faro de Argén, un artefacto diseñado para canalizar energía celestial y liberarla como una gran onda expansiva, la Detonación Argéntea.
Según sus responsables, el Faro serviría para destruir muertos vivientes, aberraciones, licántropos, posesiones y otras amenazas sobrenaturales dentro de una zona extensa. En las pruebas, sin embargo, no distinguía correctamente entre una criatura realmente corrupta y cualquier ser tocado por fuerzas mágicas o planares. Podía alcanzar a cambiantes, kalashtar, víctimas de una posesión, criaturas vinculadas a otros planos e inocentes que estuvieran demasiado cerca.
La Llama Pura no interpretó aquello como una razón para detenerse. Creían que estaban construyendo una herramienta capaz de proteger a miles de personas y que las víctimas podían justificarse si el resultado era suficientemente importante. Supongo que es más fácil aceptar un sacrificio cuando se ha decidido que lo hará otra persona.
El Faro estaba formado por tres piezas.
La lente de Argén concentraba, dirigía y amplificaba la descarga. Está en las instalaciones de la Llama Pura.
El núcleo almacenaba la energía necesaria. Había sido construido alrededor de un Cristal de Siberys excepcional y consagrado mediante un procedimiento secreto. No podían fabricar otro con facilidad, porque dependía de una materia prima poco común, de años de ajustes y de conocimientos que se perdieron cuando Halven destruyó parte de los planos.
El acoplador de Argén era una pieza pequeña que conectaba el núcleo con la lente, sincronizaba ambas partes y regulaba la energía procedente del canalizador. Sin él, el núcleo y la lente seguían siendo objetos poderosos, pero no podían funcionar como un único artefacto.
El Faro necesitaba además un canalizador vivo. Una persona corriente no podía soportar el flujo de energía, así que la Llama Pura buscó a alguien con una conexión celestial natural.
Necesitaban un Aasimar. Supongo que así llegué a sus manos.
No sé quiénes fueron mis padres ni cómo acabé dentro del Proyecto Argén. Tal vez me entregaron a la Iglesia pensando que allí estaría a salvo. Tal vez murieron. También puede que nunca llegaran a saber lo que yo era. No tengo suficientes recuerdos para distinguir una posibilidad de otra.
Durante mis primeros años, la Llama Pura trató de educarme para que aceptara que mi vida pertenecía a la Llama de Plata. No querían enseñarme a elegir cómo utilizar mis dones. Querían que creyera que obedecer y sacrificarme eran la forma más pura de fe.
Las pruebas parciales del Faro me provocaban fiebre, desmayos, pérdidas de memoria y manifestaciones de luz que no podía controlar. Shaelas intentaba protegerme y advertirme, pero los responsables del proyecto interpretaban su presencia como una confirmación de que yo había sido destinada a completar el arma.
Una activación completa podía matarme, consumir mi naturaleza celestial o dejar mi voluntad ligada al Faro.
Halven Durest formaba parte del proyecto. Al principio debió de creer que el Faro podía salvar vidas o ayudar a terminar la guerra. No sé cuánto tardó en comprender lo que estaban haciendo conmigo y el peligro que significaba el artefacto. Solo sé que, cuando lo hizo, robó el núcleo y el acoplador, destruyó parte de los planos y huyó conmigo desde Aundair.
Intentaba llegar a Flamekeep para denunciar a la célula ante una autoridad de la Iglesia que no estuviera bajo su influencia. Llevaba pruebas del desvío de recursos militares y del uso de una niña Aasimar como canalizadora. Pero Halven nunca llegó a Flamekeep.
Sus perseguidores nos alcanzaron cerca de Danthaven. Durante el enfrentamiento, el núcleo resultó dañado y comenzó a absorber mi energía celestial sin control. El acoplador intentó cerrar el vínculo entre las piezas y quedó sintonizado con la energía que atravesó el sistema.
Nunca he podido confirmar si esa sintonía pertenece a mi esencia, a la de Shaelas o a una combinación de ambas.
Shaelas intervino para impedir que el núcleo me consumiera. Desvió la energía hacia fuera y provocó la explosión que Alessa vio desde el pueblo. Los perseguidores quedaron desintegrados, Halven murió y el terreno se cubrió de vidrio, ceniza y metal fundido.
El núcleo quedó agrietado. El acoplador se separó de él, pero conservó la sintonía.
Shaelas me salvó, aunque el esfuerzo de aquella noche dañó casi por completo nuestro vínculo.
Durante los años siguientes, la Llama Pura conservó la lente y parte de los planos, pero perdió el núcleo y el acoplador. Intentó fabricar sustitutos, reproducir las piezas y adaptar el Faro a otros Aasimar. No lo consiguió. El núcleo era demasiado difícil de duplicar y las copias del acoplador no regulaban correctamente la energía.
No pasaron todos esos años buscándome. Probablemente pensaron que había muerto durante la explosión o que ya no era necesaria. Su prioridad era recuperar las piezas originales o encontrar una forma distinta de completar el Faro.
El ataque a Danthaven fue el momento en que finalmente recuperaron el núcleo. El acoplador, en cambio, salió del pueblo con Erian dentro del relicario de Maelis.
Después de abandonar Danthaven terminé mi formación y empecé a viajar como clériga. Lejos del templo, utilizando mi magia para atender a personas que no conocía, mi conexión con Shaelas comenzó a estabilizarse ligeramente.
No volvió de golpe. Al principio solo sentía una calma repentina cuando conseguía ayudar a alguien. Después aparecieron imágenes algo más ordenadas, advertencias que podía reconocer y momentos en los que su presencia parecía cercana. Sigue sin hablarme con palabras y todavía puedo interpretar mal lo que intenta mostrarme. Pero el vínculo se fortalece cuando utilizo mis dones para sanar y proteger.
Ahora la Llama Pura conserva la lente y ha recuperado el núcleo. Solo le falta el acoplador. No sabe necesariamente que Erian lo lleva ni que continúa sintonizado con la energía de aquella explosión, vinculada a mi y a Shaelas. Puede seguir intentando adaptar el Faro a otro Aasimar sin saber que la pieza original está oculta dentro del recuerdo más importante que Erian conserva de Maelis.
Tampoco sé cuánto ha descubierto Erian durante su investigación. Puede que ya sepa que yo ignoraba mi procedencia. Puede que haya relacionado a Halven con el Proyecto Argéno que haya encontrado pruebas de la participación de la Llama Pura. Nada de eso significa que me haya perdonado.
Sigo creyendo en la Llama de Plata. Lo que ocurrió no ha destruido mi fe, pero sí me enseñó que una institución puede contener personas capaces de usar esa fe para justificar cosas terribles. La Llama Pura no se considera a si misma malvada. Sus miembros creen que están protegiendo a otros. El problema es que hace mucho tiempo decidieron quién merece ser protegido y quién puede convertirse en el precio.
Quiero comprender qué ocurrió realmente en el Proyecto Argén, averiguar qué intenta mostrarme Shaelas, por qué vino a mi y evitar que la Llama Pura haga funcionar el Faro. También quiero encontrar a Erian, aunque no sé qué quedará de nosotros cuando lo haga.
La pregunta que me persigue desde la muerte de Maelis sigue siendo la misma:
Si hubiera entendido las palabras de Erian, ¿habría actuado de otra forma?
Pero hay otra que pesa casi tanto:
Si otros decidieron mi propósito antes de que pudiera elegir, ¿qué parte de mi destino sigue siendo realmente mía?